Amigos, pasiones y fronteras

DFW quiso abrir un refugio para perros.

Hace poco, un amigo me preguntó si mi trabajo como profesora en la universidad me apasionaba. Le respondí “creo que sí”. Resulta que mis clases tienen como tema central Las Pasiones. Mi amigo no lo sabía, pero así y todo la respuesta no le pareció muy satisfactoria. Confieso que a mí tampoco: lo dije para salir del paso. Sé que si mi respuesta hubiese sido definitiva, habría venido luego una segunda pregunta: “¿cómo así, qué te apasiona?” y hubiera tenido que argumentar. Y tengo una especie de reticencia al respecto: la pasión no es algo que pueda ser explicado; me suena falsa cualquier argumentación, cualquier intento de llevar al campo de la razón o la lógica algo que solo acierto a calificar como “algo”. Si no puedo hablar de ello, entonces prefiero callar. Y digo esto no para citar a Wittgenstein y celebrar narcisamente su Tractatus y mi biblioteca, sino porque lo que ignoro, lo que me callo, es lo único que luego puedo convertir en ficción. Solo se puede crear a partir de ese obligado silencio. Y últimamente me pasa que solo puedo leer a quien escribe desde ahí: cualquier otro punto de partida me produce el mismo rechazo que siento por los televangelistas y similares especies predicadoras de la posmodernidad.

La pasión no nos libra de los laberintos de la razón, ni de la lógica o la abstracción o la fe. Se puede sentir pasión por esos laberintos y por sus infinitas posibilidades, se puede vivir  y sentir la gloria infinita de los paraísos fractales, como David Foster Wallace lo hizo. De eso quiero hablar, y de él, y por eso la larga introducción y el título de esta columna, que bien pudo ser el nombre de una novela rosa (y quizás me hubiese ido mejor con ella que con este artículo… Solo el tiempo y ustedes lo dirán.)

En tono rosa, entonces, diré que David Foster Wallace fue mi último gran amor literario. Nunca había leído a nadie escribir con tanta pasión acerca de un teseracto. Un teseracto es un cubo tetradimensional que, como bien dijo DFW, puede hacerte quedar en cama la mañana entera solo tratando de imaginarlo en todo su despliegue topográfico. Y así como con el teseracto, la pasión se desborda en cualquiera de sus ensayos, sea que hable sobre la feria de langostas en Maine o un crucero al Caribe o Kafka o Roger Federer o Dostoievski o la TV.

Una amiga me escribió ayer desde Barcelona para contarme que empezó a leer a DFW. Le respondí como quinceañera de 1900 que él siempre será mi amado ausente, a lo que ella contestó “ves, por eso prefiero leerlos cuando están muertos: me ahorra la ida al psicólogo”. David Foster Wallace se suicidó el año pasado a los 46 años de edad, con una carrera prometedora por delante y una magnífica obra detrás: cuatro libros de ensayos, tres libros de cuentos, dos novelas, tres premios y una Beca Genius de la Fundación MacArthur. Fue brillante en la literatura y en la lógica y poseía una dolorosa capacidad para la compasión y la verdad, en el sentido más ético y generoso de ambos conceptos: sentía un profundo rechazo por la ignorancia de todo tipo, pero sobre todo por la más apasionante de todas: la ignorancia de nosotros mismos… (Dejaré que los puntos suspensivos hagan su invaluable trabajo.)

24 de junio de 2009

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