Más es menos

La realidad también es ucrónica.

No se puede pensar la comunicación sin primero pensar el medio en que ésta se da. En esa realidad nos comunicamos. Mejor aún: en esa realidad pretendemos comunicarnos. Los comunicadores tenemos una desventaja paradójica y autorreferencial en relación a otros profesionales: nuestro oficio es innecesario porque sin la práctica de la comunicación, nuestra profesión no existiría. La gente se ha comunicado antes de que existieran los medios de comunicación, antes de que existiera la comunicación como concepto. “La comunicación como concepto” es en sí un concepto que está siendo creado y transmitido en este preciso instante en el que escribo. Todos estos niveles y meta-niveles, todos estos laberintos pertenecen a esa realidad intangible. La ética y la dificultad de nuestra profesión solo se adquiere (o sobreviene) luego de darnos cuenta de ese laberinto. Solo podemos pensar la comunicación si tomamos conciencia de esa intangibilidad.

Las mejores muestras de lo que sucede con esta innecesaria profesión las he visto en el cine, en la literatura y en internet. Para honrar la linealidad, ese olvidado arte, partamos del principio de lo virtual: William Gibson, “profeta noir”, creador del género cyberpunk. Gibson acuñó el término “ciberespacio” en la tercera parte de su trilogía que arranca con Neuromante. Su definición de ciberespacio raya casi en lo místico y más podría confundirnos que orientarnos, lo cual hoy en día se agradece: “Allí no hay allí”. El ciberespacio se construye de datos, de información. No hay materia. ¿Qué tipo de comunicación puede existir en un lugar en donde no hay lugar? ¿Qué pasa cuando el espacio en donde nos comunicamos es la comunicación misma? Espacio y lenguaje son lo mismo; es como una relectura de Einstein. Y esto fue en 1984.

Segundo: Lucrecia Martel, cineasta. Hace poco dictó un taller de guión en Quito. Su cine no se construye tanto con imágenes como con sonidos. La lectura que se hace por separado de estos dos registros en sus películas da un resultado esquizofrénico: no hay relación. Juntos, sin embargo, crean una historia que solo es posible gracias a esa imposible conjunción. Así, logra evidenciar un aspecto de la realidad que nos identifica, nos perturba y define: lo que no se dice es lo que le da cuerpo a nuestras relaciones. “Siempre hay más personajes hablando de los que se ven en escena”, nos dijo. Así ese personaje seamos nosotros mismos, veinte años más jóvenes, interactuando como los legendarios mellizos de Einstein. El tiempo y el espacio fluyen a través del lenguaje. Las capas se siguen sumando: Einstein más Gibson. Pero más es siempre menos. Más profetas, menos verdades. Más palabras, menos sentido.

>Publicado en Revista Vanguardia el 3 de agosto de 2009

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