Ciudad: muerte y futuro

Este ensayo se publicó en HermanoCerdo en abril de 2011.

(Actualización: 24 de julio de 2013:

Hermano Cerdo se mudó de dirección web y en la nueva no han alcanzado a subir todos los artículos de la anterior. Copio aquí el ensayo hasta tener un link definitivo.)

Ciudad: muerte y futuro

Una breve reflexión sobre las ciudades, las utopías y la ciencia ficción.

“The avenue of the Opera”.

Es redundante, profundamente paradójico o felizmente cierto decir que las ciudades utópicas jamás podrán existir. Esto, a mi parecer, no tiene que ver con la realidad sino con la lógica. No pretendo enfrentar los conceptos de “realidad” y “lógica”, por supuesto: quiero decir que la realidad se muestra en la ficción, existen ciudades utópicas en la ficción, y, más que nada, en la ciencia ficción. Pero es justo esa conjunción: “ciudad utópica”, la que desafía la lógica. Al menos, la lógica de las ciudades y de las utopías.

Entonces, la primera pregunta sería: qué es la ciudad; la segunda, qué es la utopía. Y la pregunta implícita: qué tiene que ver la ciencia ficción en todo esto.

Un momento clave para la ciencia ficción utópica es el siglo XIX, luego de la revolución industrial y el nacimiento de la ciudad metropolitana con sus conflictos, desencuentros y malestares. Es justamente en ese momento cuando

la construcción de una “ciudad utópica” deja de ser posible. El conflicto que se presenta en la construcción de una ciudad utópica del futuro no tiene tanto que ver con el diseño de la ciudad, de sus leyes y de la viabilidad de la propuesta, sino que se pretende hacer un Estado de una ciudad. En el journal CTheory editado por Arthur y Mary-Louise Kroker, un ensayo de Warren Magnusson plantea que «las ciudades trascienden su lugar como entidades subordinadas dentro de un Estado particular. (…) Las ciudades se caracterizan por las complicadas prácticas de gobierno y auto-gobierno que se superponen y contradicen unas a otras. Estas prácticas trabajan en contra de cualquier monopolio de autoridad y como tales, no pueden librarnos del mal ni guiarnos a la gloria»[1]. En principio, entonces, la ciudad está fuera del orden de la soberanía, que sería el orden del Estado. En un Estado soberano, es imperativa la creación de leyes y normas que indiquen cómo deben comportarse los miembros de ese Estado: la utopía funciona en ese orden. Si una utopía impone ese orden en una ciudad, esa ciudad se convertirá en un Estado y por lo tanto, dejará de ser posible (aunque esa no es la única paradoja de las ciudades utópicas). A pesar de esto, la ciencia ficción sigue proponiendo ciudades ideales y cuando se habla de una ciudad utópica, se está hablando en realidad de un Estado, sea de un Estado pequeño, del tamaño de una ciudad, o de un Estado planetario.

Utopía, de Tomás Moro, es la primera obra de ciencia ficción que se conoce. La pretensión de que un diseño previamente establecido de su arquitectura, leyes, vestuario, relaciones sociales, economía y demás áreas de la expresión humana harán de un Estado un lugar ideal, un lugar para vivir mejor, es lo que nos da esperanzas y a la vez escalofríos: ¿mejor en qué sentido y para quién? Esperanzas y escalofríos: ominosa fusión que deriva en otra: lo familiar y lo extraño, es decir, lo siniestro, lo ominoso: das umheinleich.

La utopía siempre es ominosa: nos presenta una ciudad —algo que nos es familiar— desposeída de todo aquello que precisamente la hace familiar: las zonas de oscuridad, lo incomprensible e inaprensible, el caos, la degeneración. En su ensayo Architectural Representations of the City in Science Fiction Cinema, Eric Mahleb sugiere que «el cine de ciencia ficción acogió la ciudad y las posibilidades que esta brinda de hallar un futuro mejor. Las “Ciudades de la esperanza” dominaron el género en los años 20 y 30, reflejando la creencia de que el futuro no es el enemigo sino un potencial redentor para muchos de los problemas de la sociedad». Así, la única forma en la que la utopía es posible es si se hace la disociación ciudad-tiempo: el futuro pasa a ser un concepto, más que un lugar en el tiempo.

Si bien la ciencia ficción nace con Utopía de Tomás Moro, las utopías nacieron mucho antes. Platón intentó diseñar una República de la manera más utópica posible: un lugar en donde las almas vivieran siempre en justicia, para así, volverse inmortales. La República utópica es un lugar en donde no solo el alma es inmortal, sino que el miedo a la muerte ha sido eliminado[2].

La ciencia ficción, con sus ciudades utópicas, no está muy lejos de Platón o Moro ni temporal ni conceptualmente. «La ciudad del futuro encapsula todas las facetas de las interacciones humanas y sus mecanismos sociológicos. Nos permite proyectar nuestros deseos y miedos y visualizar lo que es y lo que puede llegar a ser»[3]. En el futuro utópico, “el futuro” (no como devenir temporal sino como concepto) se enfrenta a la ciudad: “el futuro” nos salvará de “la ciudad”, de sus problemas, del caos. Más que construirse una ciudad del futuro, se construye un futuro en donde la ciudad no será más una fuente de malestares sino un entorno “neutro” en donde las relaciones de los seres humanos entre sí y con su entorno no generarán más fricciones.

El problema con las ciudades utópicas en la ciencia ficción, o con su diseño, es esa sensación de ominosidad que producen: mientras más perfecta es la ciudad, más desconfiamos de ella. Para resolver este conflicto, esta molestosa paradoja, se recurre a los “muertos en el armario”: en sociedades perfectas como la de H.G. Wells en La máquina del tiempo, un viajero en el tiempo llega al año 802.701 y se encuentra con los Eloi, una comunidad pastoral bastante ingenua, donde casi todo era armonía y felicidad, la sobrepoblación y las enfermedades eran inexistentes. Casi todo, porque los Morlocks, unos homínidos aracnomorfos y caníbales que vivían bajo tierra, se alimentaban de los Eloi. En Logan’s Run, la novela de William F. Nolan y George Clayton Jonson, los habitantes de la jovial sociedad del 2116  “morían voluntariamente” en una ceremonia que semejaba un rito iniciático al cumplir veintiún años. Nadie debía sobrevivir esa edad. La Eterna Juventud, entonces, no equivale a vivir por siempre joven sino a morir prematuramente. Son muchos muertos en el armario…

¿Qué es lo que se busca al diseñar estas utopías? ¿Qué pretendía Platón al diseñar su República? Bertrand Russell, en su Historia de la Filosofía Occidental, nos propone hacernos una pregunta: «¿qué logrará la República de Platón?” Y responde: “la contestación es bastante insípida. Logrará el éxito en la guerra contra pueblos más o menos iguales y asegurará el sustento de un pequeño número de gente.»[4] La primera utopía se erigió, entonces, para afrontar la extinción de esas personas, de esa sociedad, de esas almas: la utopía se construye para desafiar a la muerte. Y justamente en esa pretensión radica su paradoja, pues para mejorar nuestra condición humana, la utopía elimina de ésta todo aquello que nos la recuerde.

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[1] Warren Magnusson, The City of God and The Global City, CTheory.net

[2] “¿Acaso no hay que relatarles historias que los hagan temer la muerte lo menos posible? ¿O crees que alguien con ese miedo dentro de sí podría alguna vez volverse valiente?República, Libro Tercero, Platón.

[3] Eric Mahleb, Architectural Representations of the City in Science Fiction Cinema.

[4] Bertrand Russell, Historia de la Filosofía Occidental.

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