El experimento de Stanford: medios, redes y poder

Hace pocos días se cumplieron 40 años del Experimento de Stanford. La fecha coincidió con un comentario que recibí de Orlando Pérez Sánchez, subdirector de El Telégrafo, respecto a ciertas aclaraciones que le he hecho en las redes sociales. Uno de mis pasatiempos es encontrar coincidencias y relacionar sucesos aparentemente inconexos, algo que también hago al vestirme, con resultados poco favorables. En fin…

El polémico experimento de Stanford, dirigido por el profesor Philip Zimbardo, consistía en sortear entre un grupo de alumnos voluntarios los roles de guardia y prisionero. Los alumnos eran jóvenes completamente “normales” (nunca unas comillas rodearon de tanta ambigüedad a una palabra tan vaga). Zimbardo habilitó un área de la universidad para que fungiera de cárcel y así poder investigar durante dos semanas a los estudiantes, pero al sexto día tuvo que dar por terminado el experimento a instancias de su novia, pues los guardias abusaron psicológicamente de los prisioneros y les causaron un estrés tan severo que muchos dieron señales de depresión y descontrol (nada inusual en otros alumnos cerca de la época de exámenes…) Zimbardo también cruzó la línea imaginaria; a veces se olvidaba de que no era el director de la prisión, sino de la investigación. Una de las conclusiones a las que llegó el profesor con su equipo fue que, más allá o a pesar de nuestras creencias o personalidad, lo que nos mueve a actuar es el rol que asumimos o el que nos dicta la sociedad, sean cuales fueren estas acciones. Viéndolo bien, eso es duro de tragar.

Guardias y prisioneros: ambos, indistintamente, fueron víctimas del experimento y de las gafas gigantes de marco negro.
Guardias y prisioneros: ambos, indistintamente, fueron víctimas del experimento y de las gafas gigantes de marco negro.

¿Pero por qué conecto esto con Orlando Pérez? Una pequeña (mentira, es larga) confesión antes de seguir.

Yo tuve mi pequeño Experimento de Stanford involuntario cuando creé mi primer blog, llamado BigLogger, allá por el 2003. La idea era comentar en él mi experiencia como televidente del primer Gran Hermano de Ecuador. Asumí un rol: mi personaje se llamaba “Sisterdeath”. Sisterdeath tenía una misión: más que comentar el programa o las actividades de los chicos de la casa, quería mostrar la función de los medios: evidenciar cómo era manipulada la información, cómo se creaban alianzas, respuestas y sentidos, cómo se confundía entretenimiento con noticia, cómo se inventaba una realidad. Para eso, Sisterdeath debía ser implacable con las instituciones y el poder, pero se le zafó la moto, o, para decirlo con estilo elegante: esa cualidad traspasó los límites de la lógica. Sisterdeath “tenía una misión que cumplir” y las simpatías personales eran un obstáculo para la perfecta construcción del personaje y el cumplimiento de sus objetivos. O sea, me chiflé. Me volví militante. Me lo tomé demasiado en serio. Pero los medios se lo tomaron más en serio que yo y contactaron conmigo con resultados vergonzosos (para ellos y para mí). Carlos Vera tenía un programa de entrevistas en donde trataba a los chicos de la casa de Gran Hermano como si fueran los causantes del feriado bancario o los maquinadores del triunvirato del 2000. Les exigía “responder ante el pueblo ecuatoriano” y cosas así. A mí me llamaron durante uno de esos interrogatorios dizque a “debatir”. Me preparé para el debate, pero terminaron invitándome a preguntarle cosas a un habitante de la casa hermanil. Para eso no estaba preparada. En realidad, se trataba de una pequeña emboscada del canal que tenía como intención “bajarme los humos”, como luego alguien me explicó. Poco después, un periódico me ofreció una columna semanal sobre crítica de TV, con simpáticas consignas como “no criticar ciertos asuntos”. Obviamente, no acepté. Estaba chiflada, pero no tanto: lo único que tenía claro era que mi blog no era una plataforma para nada más que para mi ego.

Finalmente, cerré BigLogger. Sisterdeath pudo encontrar el descanso eterno. Yo no. Desde ese día, me di cuenta de que cualquier proyecto colectivo conlleva el riesgo y el compromiso de asumir un rol, cualquiera que este sea, y que el reconocimiento de estar interpretando ese rol no nos excusa de las decisiones tomadas en él. Y ese rol de Sisterdeath no me gustó al final, porque su proyecto era militante: se construía sobre la creencia de que “para que esto funcione, hay inocentes que deben caer”. Ese fue mi error. Por eso ahora elijo un proyecto personal y ético a uno masivo y justo (o justiciero); prefiero alejarme de los colectivos ideológicos y de las luchas por “el bien de la sociedad”. Asumo que no sé dónde está o quién tiene la razón. Solo sé que no soy yo. Y por eso, lo único o lo mejor que puedo hacer es cuestionar, preguntar  y hacerme cargo de lo que digo, de lo que escribo y de lo que critico.

Y allí viene la conexión con Orlando Pérez, subdirector de El Telégrafo, víctima de su rol.

Su comentario pide una respuesta, y mi respuesta es este post. Antes de escribirlo, busqué mi disfraz y la inspiración en el libro de cuentos de los Hermanos Grimm, sección Brujas, Hadas Malignas y Mujeres Violentas y Rabiosas. No me puedo tomar en serio a una persona que tiene un cargo público y cuando otra persona (en este caso, yo) cuestiona sus acciones (o sea, su rol), la única respuesta posible en su fluido arsenal revolucionario sea el ataque personal, a saber: llamarme “virulenta”, “intolerante”, sugerir que estoy en “el extremo perverso” (¿el extremo perverso de qué?) y susurrarme, desde el cobarde impersonal, “se te va reconociendo en mal plan”. Si quienes me van reconociendo en mal plan son Orlando Pérez,  Scooby  Doo y los fantasmas de su uso verbal, me doy por satisfecha.

Bueno, me quito el disfraz (que no incluía nariz grande porque no me hace falta). Ya no seguiré aburriendo a los valientes que aún siguen aquí escuchando estos soliloquios: supongamos que hay un telón y que se acaba de cerrar bruscamente. Y que atrás estoy yo, dándoles las gracias de corazón hasta el próximo post.

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16 comentarios sobre “El experimento de Stanford: medios, redes y poder

  1. Brillante. En especial me gustó: “Asumo que no sé dónde está o quién tiene la razón. Un garrotazo, bien dado.

    Sólo pregunto: ¿qué le hiciste a Scooby Doo que también te conoció en mal plan?

  2. Perdón, pero soy solo yo o entiendo que no vas a continuar con el blog? Eso de cerrar telones bruscamente… Ojalá que no. Por cierto, gran flashback al grandioso biglogger.

  3. “Por eso ahora elijo un proyecto personal y ético a uno masivo y justo (o justiciero); prefiero alejarme de los colectivos ideológicos y de las luchas por “el bien de la sociedad”.

    Preferible ser una roca bifurcando el rio, a una rama flotando sin sentido.

  4. Denise tu has dicho: Por eso ahora elijo un proyecto personal y ético a uno masivo y justo (o justiciero); prefiero alejarme de los colectivos ideológicos y de las luchas por “el bien de la sociedad”. ¿Verdad? Y por qué te afiliarías a la Ruptura de los 25? No es un proyecto masivo y justo, no es un colectivo ideológico y de las luchas….? Eso no entiendo. Me explicas?
    OP

    1. Orlando:
      ¿Quién ha dicho que me voy a afiliar? Quizá como ustedes (no sé si llamarte tú o ustedes, disculpa) confunden, como dice Ana Raad, ser funcionario público y militante político, creen también que apoyar la conformación de un partido significa afiliarse ideológicamente a él. Me parece un poquito jalada de los pelos tu deducción.
      Te cuento. Todo movimiento que quiera constituirse en partido necesita recolectar firmas promotoras (unas 1100, más o menos) y firmas de afiliados (600). Promover es una cosa; afiliarse, otra. Yo no tengo interés en afiliarme a Ruptura, ni tampoco lo he dicho (fue tu interpretación luego de leer que firmaría). Sí me interesa, en cambio, que haya más voces en el campo político y particularmente, de personas como María Paula Romo, que cuestionan los recientes abusos del poder. Para mí, es necesario que otros se dediquen a eso mientras los observadores observamos y los opinadores opinamos. Esa es mi función. Mi firma solo sirve para habilitar esa conformación, no significa que me estoy afiliando o que sea parte de ella. En las democracias, los votos y las firmas son la forma de elegir y decidir. O sea que, según tú, como yo voté por Correa, ¿soy miembro afiliada de PAIS? Dime nomás, a ver si reclamo mi ministerio.
      Más allá de todo, me intriga algo: yo, como ciudadana responsable, necesito estar informada. Leer los medios. Exigirles verificación de fuentes y esas cosas. Mientras mis opiniones tenían relación directa contigo, entiendo que te haya interesado pedirme explicaciones… ¿Pero pedirme explicaciones por un tuit que entendiste mal y que, además, no tiene que ver contigo, Orlando Pérez, Subdirector de El Telégrafo? ¿Cómo así? ¿Cuáles son tus funciones en El Telégrafo? Yo sí tengo el derecho de preguntarte eso porque es un cargo público: es un medio público, ¿no? Y, además, creo que todos los ciudadanos debemos exigir transparencia en cuanto a las funciones de los empleados públicos.
      Pero no sabía que los medios públicos se dedicaban a investigar a los ciudadanos comunes, a exigirles explicaciones por sus opiniones… Yo trabajaba en una revista menor hace años. Nada que ver con el peso del trabajo que debe ser trabajar en un diario como Subdirector…. Y así y todo, no me alcanzaba el tiempo para leer las cartas y mails que nos mandaban los lectores. Me asombra ver cuánto tiempo libre tienes para revisar tuits y blogs y ponerte en plan Carlos Vera, a exigirme que responda ante… ¿el poder? ¿La ley? ¿La justicia? ¿La Revolución? ¿Quizá sea de agradecer esta siniestra forma de darle excesivo peso a mis opiniones…? ¿Gracias?

      1. Te extiendes demasiado para una pregunta válida, personal y curiosa. No más. Me bastaba con saber que no te afilias, pues eso contradecía tu afirmación, ahora me queda claro que no hay contradicción, sino coherencia. Y eso no me tiene que satisfacer, alegrar o abrumar.
        Ahora eso de funcionario público y militante es otra cosa. Supongo que no tienes idea de cuáles son mis funciones públicas, pero lo mío quizá es transitorio, yo milito en el periodismo hace mucho y espero no desafiliarme de él nunca. No me has preguntado (no tienes por qué hacerlo) por qué no estoy en los medios tradicionales, donde sí estuve mucho tiempo, pero imagino que entenderás que ahí no hay libertad y mucho menos calidad como para santificarlos, que no digo que tú lo hagas, pero sí hay muchos que por oponerse al Gobierno detestan a los medios públicos sin leerlos, oírlos y menos verlos. Por no verlos desconocen muchas cosas que ahí se hacen y que nunca se han hecho en la prensa privada, para darle otro sentido y contenido a la información, al entretenimiento y al debate. No voy a hacer ninguna apología, ahí están a la vista.
        Yo tengo mucho tiempo, de verdad: leo mucho, hago un curso vía internet en la flacso de argentina, escribo una novela y un libro de ensayos, trabajo, me enamoro, veo a mis hijas religiosamente, aunque no viva con ellas. Y me falta tiempo para conversar, tomar café y hasta divagar. Cierto, pero jamás me compares con Vera, quizá no fue la palabra más adecuada (esa de “me explicas”) y pido disculpas, pero ya que este diálogo (tenso, intenso, fuerte) entre vos y yo se ha desatado por algo inimaginable, para nada pensando, puedo pedirte unas líneas, como las que hoy te escribo, nada más y desde ninguna condición de poder.
        Y finalmente no me coloques de ningún lado del poder ni las revoluciones, ando a pie muchas veces (sino pregunta a tus amigos, algunos de los cuales son también mis amigos, de Guayaquil), persisto en defender unas “causas”, pero no llego al ostracismo de sacramentar postulados y menos a personas.
        Creo que me comparas con lo que odias y no lo personifico, ventajosamente. Quizá soy yo y mis circunstancias, por las que ahora nos contradecimos, pero en el horizonte quizá también estamos en lo mismo, sin necesidad de coincidir en todo. Como es en general la vida, la de los seres humanos, no?

        Y me disculpo, ahora yo me extendí más de lo debido

        Abrazo,
        Op

        1. Yo lo único que verdaderamente odio, pero odio sin condiciones, es un baño sucio.
          De ahí, simples antipatías, desavenencias, faltas de respeto. Nada grave.
          No es difícil extenderse en estos debates.
          Saludos, suerte con el curso y la novela y otro abrazo.

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