Lo que nunca entendí de Star Trek: The Next Generation

Este texto salió publicado en la edición 99 de la Revista SoHo, en la sección “Lo que nunca entendí de la televisión con la que crecí”. ¡Gracias por contactarmeCarlos Andrés Vera!

Lo que nunca entendí de Star Trek: The Next Generation

Se supone que lo ideal es arrancar una historia in media res, así que ahí va:

Data saludando con el gesto vulcano a Troi. Así conviene nomás que nos invadan los Borg.

Nunca entendí por qué Star Trek: La Nueva Generación o TNG no me ayudó a tener más amigos. Sé que la oración anterior es una Petición de Principio: ¿por qué se supone que TNG debería haberme ayudado a encontrar amigos? Puede ser, no sé, es una idea loca, porque se trata de gente feliz. De gente delgada, saludable, longeva, popular, con carreras exitosas. Los amigos, en ese distante futuro, se tienen, no se hacen. O se hacen instantáneamente, apenas transcurren los cinco primeros minutos del episodio. No hay guerras. Todo es chispeante felicidad y otros eslóganes oficiales de Coca Cola y no oficiales del MDMA. El Enterprise es el equivalente de una Ciudadela Burbuja en el siglo XXIV. Una llega a suponer que debe haber algún tipo de fórmula detrás de toda esa utopía. Que no puede ser simple argucia de la trama.

Pero sigamos. Adentrémonos en la filosofía de La Nueva Generación. En la Tierra ya no hay países ni estados, sino una sola y enorme nación terráquea. O tal vez es un Estado Global. Vaya una a saber. La ONU del universo Trek es la Federación de Planetas Unidos y en vez de países, hay planetas. Y a pesar del new age, necesitan una milicia. Nunca entendí bien para qué. No hay países, no hay dinero. Supongo que es porque hay injusticia. Y mal gusto al vestir [exceso de batonas]. Tal vez la esquizofrenia argumental se deba a que el creador de la serie fue un expiloto de guerra y expolicía que a la vez era humanista: Gene Roddenberry, esposo de la voz de todas las computadoras de todas las sagas de Star Trek: Majel Barret.

(Estoy consciente de que en cada párrafo, mi contador de amigos va disminuyendo. Sí me afecta… no soy una cínica.)

Más misterios sin resolver. En las sociedades del siglo XXIV, los ciudadanos se transportan en naves que pueden “doblar el espacio” y viajar a través del hiperespacio, superando la velocidad de la luz. Pueden recibir un implante de Trill, especie simbiótica que, una vez insertada en su estómago,  fusiona su personalidad con la del anfitrión. Eso y mucho más pueden hacer los terrícolas. Pero no pueden remediar su calvicie ni la ceguera de nacimiento: el repelús a la modificación e intervención genética es un saldo de las Guerras Eugenésicas que se dieron entre 1993 y 1996, según la serie original [TOS], pero yo me enteré de esto más tarde, como en 1995, en la saga que vino a continuación de la Nueva Generación: Deep Space 9, cuando lo explica el guapísimo doctor Bashir. La justificación nunca me convenció del todo. Superamos una catástrofe nuclear después de Las Guerras Eugenésicas e inventamos la propulsión warp. Pero la calvicie sigue siendo una amenaza y a la vez un doloroso recordatorio de nuestra estupidez y egoísmo. Memento mori.

Circa 2300, como no existen países, obviamente no hay nacionalidades. En vez de eso, existe una sola identidad planetaria estereotipada. Por ejemplo, los Klingon son agresivos; los Vulcanos, lógicos; los Romulinos, traicioneros; los Ferengi, comerciantes; los Andorian, azules, y así. Digo estereotipo, pero quizá es metáfora o metonimia o sinécdoque o analogía o alegoría y demás sutilezas lingüísticas que no se zanjan ni aun en la clase de Idioma Español de la profesora feminista.

Otros enigmas: ¿por qué Data puede solucionar problemas complejísimos e incluso es llamado a dirimir en un juzgado gracias a su programación de subrutinas éticas, pero no consigue resolver ciertos acertijos para los que “no está programado”? ¿No podía el doctor Noonian Soong programarlo para que aprendiera a aprender e ir de lo complejo a lo sencillo y viceversa, como Deep Blue, que no solo se hubiera zafado en 0.15 segundos del atrapanovios que encontró Data en la sala de conferencias sino que hubiera inventado uno en lo que le quedaba de tiempo para completar el minuto? Todo esto bullía en mi pequeño cerebro humano y casi vestigial en una etapa de mi vida pre-internet. Eso quiere decir que esas dudas –y más– se resolvían con la suscripción a la revista del club de fans de Star Trek [que llegaba con una foto autografiada del staff], o con artículos de la Scientific American, Astronomy Magazine y Sky and Telescope o en conversaciones apasionadas con otros trekkers, que iban desde el ego de Q hasta la noble teoría y absurda praxis de la Primera Directiva.

Cabe confesar que los trekkers también tenemos un lado oscuro, como Wesley Crusher, alias “el niño”. El mío, en aquella época, era mi absoluta convicción de que el mundo necesitaba más devotos de la serie y que la evangelización se podía llevar a cabo por mi gremio: proselitistas vegetarianas que recitaban las sinopsis de cada episodio –con fecha estelar incluida y explicación de la compleja nomenclatura– en cualquier situación social. Para desarrollar esa Persona Dramática, era necesario formarse en disciplinas complementarias a la ciencia y la ciencia ficción, a saber: antropología (requisito: ver toda la serie Millenium, no la de Chris Carter –el de Buffy– sino la subtitulada Sabiduría Tribal y el Mundo Moderno, con música de Hans Zimmer) (8 amigos menos), pero no la insufrible antropología de oficina que hoy se presta, más que nada, para escribir discursos panegíricos en revistas indexadas, sino la evolucionista, que nos regala ensayos como El contrato Sexual de Helen E. Fisher. Otro requisito: consultar la Star Trek Enciclopaedia (en pasta dura); desnutrirse de estudios sobre filosofía y religiones y un etcétera sin frontera final. Innumerables modalidades conversacionales de la tortura fueron practicadas por mí y muchos trekkers más. No sé cómo ni por qué, pero al parecer, somos una gran legión, como los hipsters, pero más perdedores y sin sentido de la moda.

Mientras tanto, mis compañeros, amigos y coetáneos se farreaban la vida. Pero hoy lo entiendo. Pobre Gene Rodenberry: no fue su culpa.

Publicado en la edición 99 de la Revista SoHo. 

(Nota de la Edición [o sea, yo misma]: Ya me corrigió Vero Veintimilla en Twitter: Chris Carter es el de X-Files, y eso fue lo que quise decir. Me disculpo con Joss Whedon, Chris Carter y todos los fans de ambos, incluida yo, por un error tan imperdonable como este… Solo puedo decirles que ese es el riesgo de publicar con fechas de entrega “para ayer”… Gracias, Internet, por ser el mejor editor del mundo. Y gracias a Vero. Nashira out.)

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7 comentarios sobre “Lo que nunca entendí de Star Trek: The Next Generation

    1. Jajajajaja… Bashir was hot! Kinda loser, though. Never got the girl he wanted. Well, she wasn’t a girl, really. Not a woman, either. You know what I mean.

  1. Sip, la calvicie es tan recurrente en Star Trek, como la mutilacion de mano derecha en Star Wars.

    Bien dicen que el espacio es un ambiente sumamente hostil para los humanos…

  2. Nashira fuiste una adelantada a tu tiempo, eso es todo.

    Continúa con la evangelización; me gustaría ser considerado para la iniciación. Asumo que los cultos son en klingon, por supuesto.

    Live long and proper.

    @welip

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