Mi Pequeño Pony

Esta columna salió publicada en GkillCity.com, la revista multimedia semanal fundada por José María León Cabrera. ¡Gracias, José María, por contactarme!

 

Mi pequeño Pony

Hay una práctica que no es propia de esta ciudad, pero que esta ciudad recoge (y acoge) con afecto y rigidez. La práctica le queda cómoda a Guayaquil, porque a Guayaquil le queda cómoda la guayabera si está bien almidonada, es decir, tiesa. A esta práctica de la que aún no hablo, la he bautizado “La Mascotización del Artista”. Estoy segura de que la práctica tiene un término definitorio mucho más elaborado, preciso y bonito en otros lados, pero no lo conozco.

Nació parrandero, bohemio y galán. Su vida es alegre. Él es bien bacán.

Escuché de esta práctica alguna vez, sí. Creo que tiene que ver con la burguesía y demás, pero esas reflexiones sesudas me cansan un poco y me recuerdan las discusiones con Andrés Crespo en La Gallera. Así que las dejo ahí.

En fin. La mascotización del artista consiste en lo siguiente: supongamos que existe un Artista. Y supongamos que, en un bar de la zona neutral guayaquileña, este Artista se encuentra con una persona no-artista a quien llamaré La Adoptante. A pesar de las luces bajas y del humo de las pipas de los antropólogos, La Adoptante ve al Artista. Lo examina. Decide que le gusta su Obra y que, además de comprar sus cuadros, adoptará a su creador.

Y así, inicia el proceso de mascotización. La Adoptante invitará al Artista a las reuniones de su círculo Adoptante y el Artista se lucirá con sus comentarios folclóricos, creativos, originales, ¡profundos!, dirán los Adoptantes cuando la mascota salga a refrescarse al abrevadero. Pensarán que el Artista es un poco desatinado a veces, pero no lo suficiente como para no ser invitado a otra reunión o al Salón de Julio.

La Adoptante no solo adopta mascotas, sino que las exhibe y si están bien cuidadas y comportadas, y si ganan un premio, eso se refleja en ella. Sus amigos, curiosos, le preguntarán en los soirées: “¿de dónde salió este personaje?”. Y ella contará la historia del antro donde lo conoció, y, en su versión, el suelo aparecerá más sucio de lo que estaba, el trago más fuerte y quizá hasta haya habido presencia policial debido a un incidente estrafalario que incluye guerrilleros o refugiados palestinos. Al hablar de la Obra de su Mascota, La Adoptante sentirá una especie de vanidad pueril que confundirá con la catarsis.

Pero las Mascotas llevan marcada la calavera en algún lugar de su pelaje. Las Mascotas no duran para siempre. Ni para menos que eso. Suelen ser reemplazadas cuando los editores de los medios o los propietarios de las galerías encuentran un nuevo Artista que reseñar (este proceso es el mismo que la mascotización: se llama masscotización, con doble ese por “massmedia”), o un nuevo Intelectual que nos enseñe cómo teorizan los grandes pensadores en el Mundo Civilizado, que a veces coincide con la locación y geografía de Europa. Y por eso a las Mascotas hay que cuidarlas tanto, tanto. Porque las Mascotas nos librarán de la soledad y de la barbarie y nos evitarán el esfuerzo de arriesgarnos, de equivocarnos y de vernos por dentro en ese insufrible, doloroso y vulgar proceso llamado creación.

 

Publicado en GkillCity.com el 30 de junio de 2011.

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