Quiero ver a Mr. White hundirse hasta el fondo y más allá

Cerca del inicio de la quinta y última temporada de esta serie, y animada por Daniela Mejía, una alumna de la UCG que necesitaba que le hiciera una reseña (esto es el siglo XXI: los profesores hacemos los deberes de los alumnos), decidí tomar el camino fácil: postear una reseña ya escrita…

Recibo gustosa su misericordia.

Prosigamos.

Empecé a ver Breaking Bad poco después de que terminase la tercera temporada. (En realidad, vi el piloto apenas terminó la primera, pero vi dos episodios más y la dejé: me dio terror, en el sentido más básico de la palabra: una mezcla inseparable de miedo y asco. Luego la retomé, pero eso lo explico ya mismo). Conseguí las tres temporadas gracias a mi “dealer”, Santitos, que hasta me las llevó a domicilio (y cuando me llama, nuestros diálogos son bastante similares a los de cualquier intercambio de “bienes” en la serie: “Aquí le tengo su encargo, Denise”. O cuando me avisa que le ha llegado algo de ciencia ficción: “Denise, tengo aquí algo nuevo que le va a gustar”.)

Jesse y Mr. White, en medio desierto en Albuquerque, vestidos como marcianos de una película de serie B.

Bueno. ¿Qué me animó a verla, a pesar del terror y de los recuerdos que me traía de aquellas épocas en que trabajaba en una agencia de publicidad (si han trabajado en una agencia de publicidad, entonces seguro que están familiarizados con la vida relajada, las estupendas relaciones con tu jefe, colegas y competidores; la alimentación sana, el aire fresco y libre de humo y la ausencia de sustancias tóxicas)? Bueno, supe que Breaking Bad era adictiva y generadora de pasiones intensas en sus seguidores porque en Twitter, Wil Wheaton y el resto de nerds del planeta comentaban “Breaking Bad third season finale: OMFG!”;  y porque en los blogs de reseñas de TV celebraban a su creador, Vince Gilligan (escritor y coproductor en The X Files -serie que amo- y The Lone Gunmen); y porque los actores Bryan Cranston (Malcolm in the Middle, Drive) y Aaron Paul (Big Love) y los directores se han llevado Emmys, Globos de Oro y NPR: Fresh Air les ha hecho cuatro entrevistas. Está claro que algo está pasando con esta serie más allá de los ratings.

(Como las reseñas que van a ser publicadas en medios más formales llevan subtítulos, los incluyo aquí. Pero hago un descargo de responsabilidad: no me gusta usarlos en los blogs. Ya sé que esa aclaración no tiene el más mínimo interés. Gracias por seguir aquí.)

Breaking Bad es una tragedia.

Eso es lo primero que, como espectadores, debemos tener claro. Y eso significa que, aunque sepamos hacia dónde va la historia, igual esperaremos que cambie de dirección y que el destino, por esta única vez, no sea implacable con el protagonista porque quizá no queremos enfrentar la idea de nuestro propio destino (pido disculpas por este cliché dramático). El argumento se puede resumir en pocas líneas: a Walter White, un profesor de secundaria, químico genial pero mediocre laboralmente, le diagnostican cáncer terminal y para proveer de un futuro estable a su mujer embarazada y su hijo adolescente con parálisis cerebral, decide fabricar metanfetamina junto a un exalumno suyo, Jesse Pinkman. Lo que viene después es lo que importa: queremos ver cómo Walter White, alias “Heisenberg”, triunfa. Queremos ver cómo se redime. Pero más que nada, queremos ver cómo se hunde.

Breaking Bad es una tragedia contemporánea.

Es decir que, pese a su estructura clásica, su fundamento ideológico y sus referentes hablan de estos tiempos: dos de los grandes temas que trata son la “justicia cósmica” y el karma ¹. Los personajes se debaten constantemente entre aceptar o no las consecuencias de sus actos, y esa disyuntiva ética es la que los empuja a tomar decisiones que traerán más dolor y más daño moral y físico a todos los habitantes del universo de Gilligan: grandes y chicos, ricos y pobres, legales e ilegales, cercanos y a veces tan lejanos que ni siquiera sospechamos de qué manera la rueda del destino los conecta a Mr. White y su discípulo. Eso es karma (aunque el karma no es solo eso; realmente no sé bien qué es el karma), como lo es la sutil y a veces irónica interdependencia entre los personajes.

Breaking Bad es dramatúrgica y estéticamente asombrosa.

La dirección actoral y de arte son impecables. Pero el guión es lo que ha hecho de esta serie algo más que entretenimiento dosificado en episodios de 45 minutos: en su núcleo, Breaking Bad incomoda, cuestiona, demanda, paraliza. Es arte. Y la maestría del guionista y creador Vince Gilligan se percibe cuando recrea los momentos relevantes de la historia a través de pequeños y sugestivos recursos como una mosca, un peluche quemado, una toalla sobre el piso o un mensaje de saludo en el buzón de voz. Lo importante siempre será lo que sucede con los personajes, y en ese sentido, Gilligan reconoce que trabajar con tan buenos actores le ha permitido darles más espacio para sus propuestas y talento. Quizá por eso hay escenas con tan pocas líneas (son mis favoritas). Y la música es tan ridículamente buena que merece una reseña aparte.

Pronto empezará la quinta y última temporada. Hasta que se estrene, los que no la han visto están a tiempo de enviciarse. Tienen que verla. Véanla. Ya.


1. Si bien el karma, conceptualmente y por sí solo, es más antiguo que la tragedia misma, el karma como parte de la cultura popular occidental es reciente: en la serie se lo maneja con ironía cuando es tomado a la ligera por los personajes; y con respeto, porque es el eje de la historia.

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