Sin pelos en la galaxia

Este es un artículo que fue publicado en la revista Soho en una sección A favor/En contra. En este caso, el debate fue entre Solange Rodríguez y yo, y el tema: el vello masculino.

En contra del vello masculino

Sin pelos en la sabana.
Los vellos son un estorbo para el homo sapiens: la imagen que hemos esbozado de nuestra especie a futuro –más altos, delgados y lampiños– no guarda semejanza con una espalda peluda y simiesca, o con una axila rococó, o con un pubis frondoso como los bosques de los que descendieron nuestros ancestros para iniciar su caminata en la sabana.

Lampiños como ranas.
Lampiños como ranas.

Sin pelos en la sábana.
Cuando Gulliver llega a Brobdingnag, la tierra de los gigantes, se da cuenta de que ahora él es el liliputiense para los otros y relata así su epifanía: Cuando estaba yo en Liliput me parecían los cutis de aquellas gentes diminutas los más bellos del mundo, y hablando sobre este punto con una persona de allá, me dijo que mi cara le parecía mucho más blanca y suave cuando me miraba desde el suelo que viéndola más de cerca. Constituía para él un espectáculo muy desagradable. Me dijo que descubría en mi cutis grandes hoyos, que los cañones de mi barba eran diez veces más fuertes que las cerdas de un marrano”.

El asco es el inherente y desolador miedo al cuerpo del otro, pues el cuerpo nos recuerda que estamos en proceso de degradación. En su ensayo Anatomía del Asco, dice William Ian Miller: “El amor, y no solo el sexo, implica la suspensión de las reglas del asco.” Solo el amor nos permite aceptar la vertiginosa proximidad a los vellos. En esa aceptación se encuentra la liberación pero, también la condena, pues un rizo fugitivo, o una cana polizonte del USS Selva Negra, son los portavoces de una espeluznante filosofía: “Memento mori. ¡Recuerda que eres mortal! ¡Mortal y simio!”. Inadmisible.

Por eso me pregunto: ¿para qué entregarnos al otro, conformarnos con las penurias del amor, seguir nuestro deseo, enfrentar nuestros temores, cuando podemos eliminar la fuente del malestar con una depilación láser y envejecer como flácidos primates rebosantes de lampiña dignidad?

Sin pelos en la lengua.
“Cuando me lo rasuro, se me ve más grande”.
De eso se trata. ¿Qué mujer en sus cabales quiere la realidad? Queremos una ilusión óptica.

Futura portada de Soho.

Sin pelos en la galaxia.
Nuestro proceso evolutivo bien podría describirse con palabras de David Foster Wallace: “es una máquina que solamente se mueve hacia delante”. Es un proceso majestuoso que en nuestras manos se ha vuelto aún más imponente: descubrimos el pedomorfismo y poco a poco nos vamos pareciendo cada vez más a un enorme bebé andante y libidinoso.

Es posible que en un futuro lejano, los vellos se autoeliminen bajo un comando telepático. Pero hasta mientras, propongo que iniciemos una secta en donde solo sea permitida la reproducción con una persona que padezca de alopecia universal. En unas cuantas generaciones, el despreciado y retorcido rasgo ancestral desaparecerá de nuestra piel y podremos, al fin, ser como aquellos humanoides que navegan desde Zeta Reticuli a nuestro planeta y que fueran descritos por Betty y Barney Hill en su famoso caso de abducción: grises, delgados, lampiños, asexuados, sin narices y mudos.

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