El mejor talk-show del mundo

El mejor talk-show del mundo se llamaba Hasta En Las Mejores Familias y no era bueno: era decadente. Ayer, en las Tertulias de Ciencia Ficción, lo recordé porque estábamos haciendo un ejercicio creativo estilo cadáver exquisito y nuestro súperheroe (o villano) se apodaba “El niño Cuy”. De ahí al programa de Carmen Salinas hay un breve trecho, como verán.

Una especie de jurado actuaba en casos especiales, estaba compuesto por una señora pequeña, una abuelita y la secretaria.
Una especie de jurado actuaba en casos especiales, estaba compuesto por una señora pequeña, una abuelita y la secretaria.

Esta reseña nostálgica la escribí hace diez años, cuando tenía un  blog llamado BigLogger y opinaba bajo el seudónimo de Sisterdeath. De los escasos textos rescatables que escribí (según mi poco humilde opinión), está este. Salud por los viejos tiempos, porque a la nostalgia no le interesan los ratings.

Joyas de la tele latina 2da. parte

Lo que más extraño de la tele en Miami es el talk show de Carmen Salinas, que se llama Hasta en las mejores familias.

No crean que es un talk show como los otros. Jamás. Si bien los temas pueden ser similares, hay algo en la forma de plantearlos y mostrarlos, qué sé yo, el casting, el morbo, ¡algo! que hace (o hizo) de este show un programa único.

Uno de los episodios se llamaba: “Mi hija se enamoró del guarura”. Luego de las discusiones de rigor, los llantos y gritos, los golpes y abrazos, el afectado padre de la joven se disculpó con Carmen Salinas por su actitud: “Ay, es que me siento fustardo*, Carmelita”.

Niña con orejas de duende. Al parecer, de todas las criaturas fantásticas del programa, los duendes eran los más populares.
Niña con orejas de duende. Al parecer, de todas las criaturas fantásticas del programa, los duendes eran los más populares.

La otra noche, el tema era: “Aunque mi mujer me diga que no, me lo corto”. Y un destacado cirujano efectuaba la operación reductora en una salchicha. Pero salchicha como las Plumrose, ni más ni menos. El médico estaba vestido con el uniforme completo: batita celeste, guantes de látex, gorra y esos protectores de SARS. El hombre cortaba por aquí y por allá, y finalmente, enseña una especie de salchicha coctel, y dice: “mira, Carmelita, así queda esto”. Y Carmen: “Órale, ¡pos qué requetechiquitito! ¿Así nomás les queda?” Porque Carmen Salinas es una señora encantadora, bonachona, pero bastante folclórica. No sé si ustedes vieron María la del Barrio: ella era Agripina. Por lo general, en las novelas la ponen en ese tipo de roles y con nombres como aquél o Filogonia. Y para qué, pero Carmelita tiene una prolífica carrera en cine y televisión.

Pero bueno, volvamos al show. Les describo la población del programa en los viejos tiempos. Antes, si miraban con detenimiento al público, podían ver a un marciano con un bebé en brazos; a la mujer barbona; al hombre dientón; a un señor con ojeras de muerto y otro espécimen fantástico que no recuerdo bien. No estoy exagerando ni siendo alegórica: esos eran los personajes. No sé por qué. Ya no salen, sin embargo. Pero el jurado se mantiene: consiste en un grupo de enanos (pero enanos-enanos, no retacos: enanos) sentados en sendos pupitres y cada uno con un lápiz gigante. Gigante quiere decir más grande que Carmen Salinas.

Es una lástima tener que perderme este programa, pero es más triste que lo hayan sacado del aire, dizque porque era grotesco.

*fustardo: frustrado

Guayaquil, 28 de marzo de 2003

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