Qué no hacer en la Ciudad Mínima con La Ciudad Imaginada de Alberto Chimal

Nunca había leído a Alberto Chimal fuera de su cuenta Twitter. Fue gracias a la invitación de Adelaida Jaramillo a que presentara el libro La Ciudad Imaginada que tuve la fortuna de conocer a este autor apasionado, prolífico, versátil, de inmenso talento e ingenio y un hombre muy cálido, muy cercano. Proporcional a mi gratitud con Adelaida y a mi admiración por Alberto Chimal, es mi vergüenza: soy muy mala presentadora de libros, muy mala frente a un micrófono cuando hay gente o cámaras del otro lado. No me inviten más, por su bien y el de mi imagen que tanto me cuesta falsear construir en las redes sociales.

Así que, en un intento pobre de actitud tántrica de retrabajar ese error por el bien de los aquí presentes, les diré (tomando como ejemplo mi propia experiencia) lo que no hay que hacer en una presentación de libro.

Leer demasiados fragmentos del libro. En mi inmensa ingenuidad o ignorancia, o una peligrosa mezcla de ambas, eso me pareció bueno. Quizá porque es lo que todo el mundo hace o hacía, no lo sé. ¿Se sigue haciendo? Son tan buenos los textos que me provocó seguir de largo, casi hacer un audiolibro. ¿Por qué escuchar mis ideas sobre Chimal, cuando pueden escuchar lo que escribe Chimal? Sorry, Adelaida. De esto no sé mucho…

Sentir nervios y actuar químicamente. La primera vez que tuve que hablar en público, cometí el error de tomarme dos whiskies antes de que iniciara el evento. Obviamente, se me fueron los nervios y las ideas. Ahora ya no bebo antes de las presentaciones (tampoco me invitaron a más lanzamientos, ¿coincidencia?), pero alguna cosa debo ingerir en el rango entre las Nervinetas y el Dormicum. Que conste que por el bien de la literatura y de la amistad, estoy dispuesta a ser ingresada en un clínica de reposo.

Leer mucho. Nuevamente pongo como ejemplo mi debut: llevé un texto impreso “por si se me olvidada lo que tenía que decir” y como ese tipo de profecías siempre se autocumplen, eso hice; y eso hace que no se escuche tu voz. Que la gente del público grite desde el fondo “¡NO SE ESCUCHA!” no es buena señal. Es una señal terrible, de hecho. Pero peor es que no digan nada.

No estar familiarizada con el autor. Un solo libro no hace a un escritor (a menos que sea autor de un solo libro. En ese caso, olviden este punto). Por fortuna, este inconveniente se puede evitar de muchas maneras: 1) Leyendo al autor. Es decir, leyendo otros libros aparte del que te toca presentar. Es verdad que a veces no hay tiempo, pero por eso hay que leer más (en la vida, quiero decir. Para no hacer el payaso).

Sepan, en todo caso, que actué con la mejor intención del mundo. Espero no haber incomodado al querido Alberto Chimal, a la incansable Adelaida, a Cecilia Ansaldo (que estuvo estupenda y no leyó ningún fragmento del libro que presentó) o al público.

Dejo aquí una versión modificada del texto que leí en la presentación, por si así corregida sirve para entusiasmar a más personas a que lean a este mexicano fantástico, dueño o prisionero de sus gatos, de sus libros y de su inagotable capacidad de crear.

La Ciudad Imaginada de Alberto Chimal

“Variación sobre un tema de Coleridge” es un cuento que inicia como un episodio de Dimensión Desconocida:

“Recibí una llamada: era yo, desde un teléfono que perdí el año pasado. Me pregunté dónde se había quedado el aparato; me contesté que en tal y tal cafetería, que yo ni siquiera recordaba. Estás mal, dije, desde quién sabe dónde; ¿qué has hecho con tu vida? ¿Has seguido engordando? ¿Te siguen dando tus crisis? Me contesté que no, pero en realidad estaba mintiendo y yo me di cuenta. Estás mintiendo, me dije. ¿Qué quieres?, me pregunté, un poco disgustado conmigo. ¿A qué venía que me estuviese buscando precisamente ahora?”

 “Mogo” inicia como Tom Sawyer: “—¿Beto?  ¡Beto!  ¿Dónde  estás?  —llamaba  mi  abuela—.  ¡Beto! ¡Ven!” Más adelante, descubrimos el secreto de Beto:

No sé qué me dio, no lo sé, lo juro, que me eché a correr y salí del cuarto.
—¡Heriberto! — gritó mi abuela— ¡Ven acá, Heriberto!
Y yo pensé que no podía soportar que me viera, y sin dejar de correr me tapé los ojos. Al salir al patio (fue lo único que me ocurrió) tropecé en el escalón, caí al suelo y me di un golpe en la cabeza. Tuve ganas de gritar, pero aguanté en silencio, hecho bola en el piso. Y no me destapé mientras seguía oyendo la voz de mi abuela, llamándome.
—¿Dónde estás, Heriberto? —dijo varias veces—. Ay, Heriberto… ¡Heriberto!
En un momento la oí pasar junto a mí, acercarse, alejarse, sin que se detuviera. Sin sentir de pronto un jalón de orejas o un pellizco. Yo descubrí que el dolor continuaba, y de pronto ya no sabía si estaba tendido de un lado o del otro, hacia qué dirección apuntaba mi cabeza, hacia cuál mis pies, pero seguí sin hablar ni descubrirme.
Ella volvió a llegar y alejarse, a llegar y alejarse, no sé cuántas veces. Y de pronto, mientras el dolor comenzaba a disminuir, me di cuenta (sólo así puedo decirlo: me di cuenta) de que no podía verme.
—¡Heriberto!
Cuando me tapaba los ojos (así pensé, así supe) me volvía invisible.
Quise comprobarlo, quité las manos de mi cara y de inmediato la vi junto a mí.

Leer sobre la ciudad imaginada de Chimal me hace preguntar: ¿Qué es una ciudad? ¿Qué es una ciudad real? ¿Qué es una ciudad imaginada? Y quise saber si para Alberto, como autor, hay una diferencia entre las tres, y cuál sería esta.

Hablando de ciudades, la construcción de la voz infantil en “Mogo” me remite a esa ciudad que describe José Emilio Pacheco en “Las batallas en el desierto”:

“Se acabó esa ciudad. Terminó aquél país. No hay memoria del México de aquéllos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años”.
(José Emilio Pacheco, Las Batallas en el Desierto)

Ante la ciudad sólida que construyen la Historia y la Realidad, la ciudad que se terminó en el texto de Pacheco, la ciudad que a nadie le importa; ante la ciudad “real” que elimina todo rastro de magia, está la Ciudad Imaginada de Chimal: la ciudad que se construye con las subjetividades, que da cabida a las voces individuales, a las voces pequeñas, la ciudad que está vuelta del revés porque el subconsciente habita un espacio y un tiempo simultáneamente al que habitamos y vivimos, y no es él lo oscuro: nosotros somos lo oscuro.

Finalmente, “Mesa con mar” inicia como un icónico libro de García Márquez:

El día que su papá llevó la mesa, Raquel se quedó muy sorprendida:
—¿De dónde la sacaste? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—La mesa, papá, de dónde la sacaste.
—¿Cómo que de dónde, Quica? Pues de la mueblería.
—No, en serio, papá, ¿de dónde? —insistió Raquel, y a su papá se le hizo muy extraño, pero Raquel (pensaba) era una niña a la que no debía tomarse muy en serio. Él simplemente sonrió y se fue de allí, y como la mamá de Raquel estaba de visita con la vecina, tampoco se enteró de nada.
Es decir, Raquel se quedó sola en el comedor, ante la mesa, que también venía con seis sillas nuevas pero esas no tenían nada de especial.
—Lo que era especial —nos diría Raquel ahora— es que había un mar en la mesa.
Y nos estaría diciendo la verdad: la parte de arriba de la mesa, donde su mamá pondría los platos de la comida y ella su cuaderno para hacer la tarea, no estaba hecha de madera o de vidrio, sino de agua.
Ella se acercó y puso un dedo en su superficie, llena de olas pequeñitas y azules…
—¡Se sentía mojada! —nos diría.
Acercándose un poco más, pudo escuchar el sonido.

Una ciudad acoge, multiplica, le da nueva vida a las historias de cada habitante, como hace un buen autor con sus historias y con las historias de otros escritores y los lectores de esas otras historias. La literatura es el territorio que crea un autor para que lo habitemos como a una ciudad que nunca está deshabitada.

Pero lo mejor era el barquito. Tenía una vela blanca y avanzaba despacio sobre el agua. Raquel se quedó un largo rato mirándolo. Iba quizás a diez centímetros por hora. Cuando llegó al centro de la mesa, el marinero que lo guiaba echó un ancla al agua y el barco se detuvo.
—¡OYE! —lo escuchó gritar. Llevaba un hermoso uniforme pero su voz, como todo lo demás, era tan diminuta que casi no existía— ¡OYE! ¿TÚ ERES LA NIÑA QUE SE LLAMA QUICA?
—No me llamo Quica, me llamo Raquel —dijo Raquel.
—¡AH, NO IMPORTA, NO IMPORTA! —gritó el marinero— ¡OYE! ¿PUEDES AYUDARME? ¡SE LO PEDIRÍA A ALGUIEN MÁS, PERO ES QUE SÓLO LOS NIÑOS PUEDEN VERME!
—¿Qué?
—¡ES CIERTO! ¡DE HECHO LOS ADULTOS NO VEN NI EL MAR NI NADA! ¡TU PAPÁ, POR EJEMPLO, CREE QUE LA MESA ES DE PURA MADERA!

Y por un momento somos Quica: cuando leemos el cuento, cuando habitamos la ciudad imaginada de Chimal. Pero al cerrar el libro, somos su padre. Algo primordial se nos vuelve invisible. Yo creo que la solución a este dilema no es imaginar, sino crear. Crear más ciudades de la imaginación, y Alberto nos invita a eso y es una invitación de vida o muerte. Yo, por mi parte, la acepto.

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