Pinocho y el oficio de escribir

En una escena del guión que escribí, Gepetto le habla a Pinocho del oficio de ser carpintero. Obviamente, habla con orgullo e ilusión, y le dice a su hijo que le enseñará ese oficio, a lo que Pinocho responde que ese oficio no le gusta: que prefiere el oficio de dormir.

Escribí esa escena para mí, para consolarme por todas esas noches sin descansar por culpa de la marioneta. Pero también, para los demás compañeros del oficio literario, porque a veces odiamos lo que hacemos, pero no podemos vivir sin ello.

Durante la escritura de Pinocho, había días que no avanzaba más de dos páginas. Era como estar atrapada en el horizonte de sucesos de un agujero negro. Sin poder escapar, sin poder avanzar ni retroceder y ante la posibilidad de ser tragada por uno de los fenómenos astronómicos más brutales. Como la ballena que se traga a Pinocho y su padre. “¡No vamos a lograrlo!” dice Gepetto en mi guión, haciendo eco de mi ansiedad.

En Google Images busquen
En Google Images busquen “troubled writer” y no se llevarán ninguna sorpresa.

La cuestión es: ¿cuándo odiamos escribir? Jamás cuando estamos escribiendo. Y siempre, cuando no podemos escribir: cuando los tiempos de entrega nos llevan al borde del surmenage, cuando hay un bloqueo, cuando no encuentras un lugar físico donde trabajar. Pero cuando estamos “en la zona”, supongo que ha de ser como cuando los surfistas describen lo que es “rodar el tubo” o como se diga en la jerga del mar: te conviertes en la ola. No piensas. Es decir, no piensas como lo haces habitualmente. Se activa una parte de tu cerebro a la que accedes si tienes fe en tu trabajo, en lo que has aprendido, en lo que quieres lograr y en las personas que trabajan contigo y van a darle una nueva vida a esas palabras.

Como publicó mi amigo Néstor Darío Figueras, escritor argentino de ciencia ficción y hombre de fe, de muchos tipos de fe:

“Te releés y pensás “¡Qué porquería! ¿Cómo pude escribir esto?”. En ese bendito momento tenés que hacer de tripa corazón y seguir recortando, corrigiendo y puliendo. Lo sé. Pero cómo cuesta creer que el fárrago incomible que uno creyó un gran cuento, pueda transformarse en algo potable… Escribir requiere de mucha fe en uno mismo.”

No se trata de glorificar el oficio, ni de darle un aire místico. No siempre se llega a la zona, y cuando se llega, no siempre es un momento único e irrepetible en la historia de tu vida: la zona es parte del oficio, también. Y llegas a ella, sentándote a escribir… y a borrar… y a corregir… y a volver a escribir… y a leer y releer y corregir y volver a escribir y borrar y escribir, escribir, escribir.

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